viernes, 11 de abril de 2014

UN PARTICULAR VIAJE AL TAYRONA

El reloj rayaba las 9:10 A. M y la chica polaca me esperaba en la parada de bus acordada. Hoy fue una de esas pocas veces en que sentí vergüenza de llegar tarde, pero no sería la única vergüenza del día. Ella estaba allí con una puntualidad tan europea como su esbelta y blanca figura, ingresamos al centro comercial para aprovisionarnos de agua, dulces de chocolate, y dinero en efectivo, no sin antes recibir las mil recomendaciones dadas por la señora de la tercera edad que la acompañaba (abuela de mi compañera Andrea) en complicidad nuestras miradas dejaron ver que las indicaciones estaban de más, aun así me enterneció aquella digna matrona latinoamericana que protege con amor materno a sus nietos, aunque no sean suyos, aunque subestimen la sabiduría de sus palabras, aunque no hablen su mismo idioma, aunque sean de otro continente.

Estuvimos por largos 15 minutos esperando el transporte que nos llevara a nuestro destino, podía ver a través de los ojos color oliva el entusiasmo de aquella chica, cada vez que yo creía que nuestro bus se acercaba; cuando nuestra conversación entró en confianza, justo cuando ella decía que mi español si se entendía (como si los demás hablaran arameo u otra lengua muerta), apareció un demonio destartalado de cuatro ruedas, más pequeño que un bus, más grande que una van, el cual no se detuvo en el paradero de buses, sino 10 metros más adelante, por lo que tuvimos que correr para alcanzarlo; si, ese era nuestro bus, tragué saliva, grunp, segunda vergüenza del día; ingresamos al demonio de cuatro ruedas y adentro hacía un calor digno de la quinta paila del infierno, todos las sillas iban ocupadas por extranjeros sudorosos, con vestimenta de backpackers que hablaban como loros; desde la entrada se oyó la voz del ayudante que decía: atrás hay puesto!! Atrás hay puesto, significó hacernos como pudimos entre una familia Kogui, compuesta por el padre, la madre, dos bebes, de aparente uno y dos años respectivamente, la que parecía ser la hija mayor de la familia, una niña de unos 14 años con dos perros cachorros entre sus piernas; presenté y expliqué con orgullo sobre la etnia que nos acompañaba, Jagoda, como se llama mi turista, lo tomó a bien, pese al olor nada bonito que traía la familia completa, pese a que la adolescente indígena se quedó dormida sobre su pecho casi que inmediatamente que el bus arrancó, ella esbozó una sonrisa, acarició a los cachorros y me brindó una esquina de su incomodo asiento, por suerte ambas somos flacas, por suerte los backpakers parlanchines se bajaron en Calabazo, tomamos sus puestos y pudimos estirar las piernas antes de que una pierna se gangrenara. 

Estando en la entrada del Parque Tayrona, descubrí que Jagoda, no sólo habla muy bien el español, inglés y obviamente polaco, sino que también habla algo de ruso y de alemán, grump!! tragué saliva nuevamente por sentirme analfabeta ante una poliglota de 19 años. Mientras esperábamos adentro del bus que nos llevaría hasta el parqueadero para evitarnos una caminata de una hora, ella me contaba de lo ruidosos que son los vecinos de la que es ahora su casa, se sorprendió al saber que esa costumbre de poner parlantes a decibeles insospechados hasta altas horas de la madrugada, era una práctica normal de la gente civilizada; la conversación pasó a libros y autores, entonces me sentí cómoda hablando de un tema que yo pensaba que dominaba a la perfección, hasta que apareció CORTÁZAR, como era posible que yo hasta el momento no haya leído un libro de Julio Cortázar? (Autor latino americano) y ella se conocía sus obras al dedillo?, tomé aire y me convencí de mi analfabetismo. Una inglesa que escuchaba nuestra conversación, vió asomarse un libro de mi mochila y dijo a su amiga en inglés: este lugar está perfecto para leer Harry Potter, mis ojos brillaron de felicidad y me confesé fan del niño de lentes y cicatriz en la frente, HAHAHA, risa extranjera, las cuatro reímos y de allí en adelante el tema fue Jk Rowlling y sus 7 libros.

La van se abría paso entre imponentes y exóticos arboles de más de 20 metros de altura a través de una carretera en unos tramos en buen estado y en otros más trocha que carretera; a medida que nos adentrábamos en la selva, el clima mágicamente cambiaba, la brisa fresca con olor a hojas recién cortadas peinaba nuestros rostros que agradecían aquella brisa benigna, ya para entonces Jorge estaba con nosotros, quien a última hora decidió unirse a la expedición, él parecía un niño pequeño preguntando a Jagoda todo cuanto podía –qué frutas se comercializan en Polonia? - qué mariscos se comercializan en Polonia ?–si me decidiera a exportar ceviche a Polonia, cuanto sería el precio que los polacos estarían dispuestos a pagar? Aquí haré un paréntesis, Jorge está a punto de graduarse como Profesional en negocios internacionales y quería aprovechar el momento para hacer un estudio de mercado de la factibilidad de vender producción agrícola o pesquera a mercados europeos; por lo que me tocó intervenir, - déjala en paz, -no le hables tan rápido – háblale en términos que ella entienda, - Plátano hartón, no es una palabra común para los extranjeros. 

Una vez ella se deshizo de las preguntas de Jorge se concentró en el camino delineado por tablas, sacó su cámara y disparó contra una roca en la que se movía un mil pies enorme, luego una mariposa muy colorida que no se dejaba fotografiar, después otro mil pies más grande que el anterior, hasta que comprendió que cada dos pasos se encontraría con un mil pies de mayor tamaño, guardó su Olympus semi profesional y decidió ahorrar energías, ya que los señaladores de ruta indicaban sólo 20% del recorrido y la jungla se mostraba espesa, húmeda, muy húmeda, creo que demasiado húmeda para su gusto y para el mío también. Luego me contó su miedo por las arañas, bromee con ella porque compartía con Ron Weasley (personaje de Harry Potter) el miedo por los arácnidos, aunque realmente no entendí su fobia, porque todo el camino estaba cubierto de enormes arañas que tejían su nido a nivel de nuestros ojos y a las que gustosa les tomaba fotografías.

Cuando el camino se hacía empinado escuchamos por primera vez el ruido del mar, así que corrimos hasta el claro de la loma para encontrarnos con el océano, ella jadeaba y su corazón latía tan fuerte que creí poder escucharlo, o tal vez fue sólo mi imaginación o mi exageración macondiana, o todas, sólo puedo asegurar que su decepción fue grande al descubrir que faltaba mucho para llegar hasta la primera orilla, pero se quedó extasiada con aquel primer contacto con el mar caribe, de aguas cristalinas, arena blanca, enormes olas y rocas gigantes como mandadas a poner para decorar aquel paisaje único. No les miento, yo también sentí como si fuese la primera vez que lo observara, el Tayrona tiene una magia que te hechiza una y mil veces.

Un camino de arena se dibujaba entre la hierba crecida y continuaba a través de túneles pretenciosos formados por arbustos de uva de monte, al lado del camino una planta crecía silvestre con provocativos frutos rojos que me hicieron recordar una popular historia bíblica, la cual me enseñó, que si estás en el paraíso y la fruta es silvestre y provocativa, mejor ignórala!!, eso hicimos, pero lo que no pudimos ignorar fue extensa playa que se burlaba nosotros con sus banderines rojos y fuerte oleaje, que hicieron que se me antojara más extensa a la vista, si, Tayrona como todo paraíso tiene prohibiciones y el baño en Arrecifes está rotundamente prohibido…

Y por fin la playa!!, una pequeña extensión de arena amarilla y gruesa escudada por detrás por un montículo de arena, arbustos y palmeras y por el frente un mar de agua cristalina, cálida, delimitado por pequeñas rocas en el horizonte, no esperamos nada para deshacernos de la ropa y disfrutar de un delicioso baño; al final de la playa había un kiosko de madera que decía: cevichería "Dios es amor", reímos una vez más en complicidad por lo religiosos que podemos llegar a ser los latinos. La playa estaba poco poblada, sólo nos acompañaban cuatro peruanos (lo supe por su acento) y un niño al que había visto en otra oportunidad, entonces supe que Duván estaba cerca, así que fuimos en su búsqueda. Aquí otro paréntesis, Duván es un chico que dirige la escuela de liderazgo, que consiste básicamente en formar líderes desde las escuelas y lo admiro por ello; cuando llegamos a la playa de nombre la piscina, estaba Duvan rodeado de niños y sonriente como un padre orgulloso, lo acompañaba Oscar y ambos nos explicaron que El cabo SanJuan estaba a veinte minutos de camino, pero luego de mucho pensarlo decidimos quedarnos a almorzar.

Almorzamos en un kiosko atendido por una alegre mujer que ofreció a cada uno la mitad de un almuerzo, pero si esa era la mitad, no quiero imaginarme la porción completa, luego fuimos a bañarnos. Jagoda decidió tomar el sol por aquello de lo prestigioso que es broncearse en el Caribe, yo mientras tanto dormía en la arena con un libro viejo en la cara al que sólo alcancé a leer el titulo antes que me atrapara el sueño y Jorge hacía de guardián de mi sueño y protector de nuestras cosas, no de los ladrones, si no de la marea que crecía con el pasar de las horas, la cual me despertó de júbilo, mojando todo, excepto el libro; entonces decidimos era hora de regresar, tomamos el mismo camino, el mismo mar burlon, la misma loma, la misma humedad, el mismo camino de tablas; ya estando afuera Jagoda compró un Jugo de piña que luego desearía no haber tomado por lo maligno que le cayó a sus intestinos, tomamos una camioneta de regreso a casa y se quedó dormida mientras Jorge y yo hablábamos de fútbol con unos turistas chilenos. Me despedí de Jagoda en el mismo centro comercial donde nos habíamos encontrado, con la promesa de volvernos a ver, pero ese viaje al Tayrona me pareció tan particular y diferente a otros que ya había tenido, que me tomé la libertad de publicarlo.


 

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